lunes, 28 de septiembre de 2026

1630 Motocintle/Eduardo Galeano

No traicionan a sus muertos 

Durante casi dos años había predicado fray Francisco Bravo en este pueblo de Motocintle. Un día anunció a los indios que había sido llamado desde España. Él quería regresar a Guatemala, dijo, y quedarse para siempre aquí, junto a su querido rebaño, pero allá en España sus superiores le negarían el permiso.   

  —Solamente el oro podría convencerlos —advirtió fray Francisco.  —Oro no tenemos —dijeron los indios. —Sí tenéis —desmintió el cura—. Yo sé que hay un criadero de oro escondido en Motocintle. —Ese oro no nos pertenece —explicaron ellos—. Ese oro es de nuestros antepasados. Nosotros nomás lo estamos cuidando. Si algo falta, ¿qué les diremos cuando vuelvan al mundo? —Yo sólo sé lo que dirán mis superiores en España. Me dirán: «Si tanto te aman los indios de ese pueblo donde quieres quedarte, ¿cómo estás tan pobre?» 

Se reunieron los indios en asamblea para discutir el asunto. Un domingo, después de la misa, vendaron los ojos de fray Francisco y lo hicieron dar vueltas hasta marearlo. Todos fueron tras él, desde los viejos hasta los niños de pecho. Al llegar al fondo de una gruta, le quitaron la venda. El cura pestañeaba, lastimados los ojos por el fulgor del oro, más oro que el de todos los tesoros de las mil y una noches, y sus manos tembleques no sabían por dónde empezar. Convirtió en bolsón la sotana y cargó lo que pudo. Después juró por Dios y los santos evangelios que jamás revelaría el secreto y recibió una mula y tortillas para el viaje. 

Al tiempo, llegó a la real audiencia de Guatemala una carta de fray Francisco Bravo desde el puerto de Veracruz. Con gran dolor del alma cumplía el sacerdote su deber, en acto de servicio al rey por tratarse de importante y esmerado negocio. Daba noticias del posible rumbo del oro: «Creo haber andado a escasa distancia del pueblo. Corría a la izquierda un arroyo...» Enviaba algunas pepitas de muestra y prometía emplear el resto en devociones a un santo de Málaga. Ahora irrumpen a caballo en Motocintle el juez y los soldados. Vistiendo túnica roja y con una vara blanca colgada del pecho, el juez Juan Maldonado exhorta a los indios a entregar el oro. Les promete y garantiza buen trato. Los amenaza con rigores y castigos. Encierra a unos cuantos en prisión. A otros aplica el cepo y da tormento. A otros hace subir las escaleras del patíbulo. Y nada. 

domingo, 12 de julio de 2026

12 de julio de 2026




12 de julio de 2026

 

Hay días que dejan una huella más profunda que otros, y este es uno de esos días. Para mí tiene un significado especial: como Secretario Académico del turno vespertino de la Escuela Preparatoria “Del Mariscal”, tengo el honor de estar entre los invitados al presídium, en la entrega de documentos a estudiantes que acreditan haber concluido satisfactoriamente sus estudios del nivel medio superior.

 

Mientras observo a nuestros jóvenes, me pregunto: ¿hacia dónde dirigirán sus pasos? Esta incógnita es alegría, es el misterio feliz de ver cómo cada estudiante comienza a trazar su propio destino.

 

Con la música de rock de fondo en mi mente, escucho "[L.A. WOMAN]" mientras veo desfilar a cada uno de los reconocidos estudiantes que estuvieron en las aulas de nuestra institución desde el 2023 hasta el 2026.

 

Se toman fotos con los amigos, familiares, padrinos, con sus padres, y qué maravilla que este instante luminoso pueda capturarse en la memoria impresa en papel, esa oportunidad de mostrarles a los demás, con una mirada lista para seguir adelante.

 

“Volverán las oscuras golondrinas…” decía Bécquer, recordándonos que hay ciclos. Quizá ellos no lo sepan, pero podría ser el inicio de una brecha entre ellos, sus amigos, su familia y la ciudad que los ha acogido. Debido a sus futuros planes, quizá migren y en el futuro regresen como turistas a esta ciudad donde han pasado los primeros años de sus vidas.

 

El conocimiento es una semilla y la independencia, la libertad, la ausencia, la ruptura, son sus frutos, la posibilidad de navegar en otras direcciones, de desprenderse.

 

Yo también partí un día, tuve la oportunidad de subirme al enigmático tren del futuro, de enfrentar la siguiente etapa y lograr una victoria rotunda, gracias al apoyo de mis padres. Porque un estudiante, por muy talentoso que sea, necesita el acompañamiento de sus padres.

 

Chicos, están llamados al ring, pero después al banquete.

 

Un día podrán decir con sus familias “misión cumplida”. Pero ahora, lo que puedo compartirles es: entréguense, fluyan, disfruten, pásenlo de lo mejor, porque llegará el fin de ese ciclo.

 

Esa es la recompensa que los padres saborean en vida, o tal vez más allá, ver que sus esfuerzos y su silenciosa tristeza dieron fruto. Resolvieron la prueba, encontraron la manera de avanzar, de salir adelante, de superarse.

 

A veces parece que la escalera no tiene fin y constantemente surgen dudas sobre si estamos en el camino correcto. Pero un consejo: si les está costando, entonces van por el camino correcto.

 

Véanse en las fotos, quienes los acompañaron este día estarán ahí para motivarles, animarles y reconfortarles. Tendrán mucho que compartir.

  

Lo mejor está por llegar.

 

Ponle PLAY.